Por Luis Arizaleta, gestor cultural y miembro del grupo de trabajo de la candidatura de Pamplona a Capital Europea de la Cultura (CEC)
“Allá por el mes de mayo de 2009, el Área de Cultura del Ayuntamiento de Pamplona me convocó a un par de reuniones de las celebradas a modo de ronda de consultas en torno a la candidatura de la ciudad al título de Capital Europea de la Cultura 2016 (CEC 2016). Acudí y me encontré con personas conocidas, con artistas y técnicos culturales que aún no conocía, y con una iniciativa sobre la mesa que, a primera vista, me pareció de enorme envergadura para una “miniurbe” de 190.000 habitantes – que en “miniurbe” se queda aunque sumemos los 330.000 de la Comarca entera -, con notables desencuentros en su diversidad, cierta propensión al etnocentrismo localista y unos cuantos debates pendientes sobre la memoria o los relatos de identidad.
Allí fui por querencia personal y cercanía profesional, y escuché una pluralidad de voces que manifestaron libre y espontáneamente distintos pareceres sobre connotaciones, consecuencias y oportunidades asociadas a esa iniciativa municipal, unos favorables, otros sorprendidos y varios que introdujeron matices, variantes, condiciones o críticas. Por mi parte, apunté una idea que mantengo y que tenía que ver más con la metodología de elaboración de un proyecto de esa naturaleza que con sus contenidos: “El éxito es el proceso”. Es así: cuando una comunidad hace suya una apuesta de futuro que proyecta el imaginario de sus gentes y la acción de sus instituciones hacia un porvenir por configurar, el éxito no está tanto en lo que suceda dentro de unos años, cuanto en las oportunidades que las personas se vayan dando mutuamente para intercambiar miradas, ilusiones, expectativas, deseos; en el tono y la hondura de sus diálogos, en los valores compartidos que sean capaces de construir; en la empatía que activen y en los aprendizajes que alcanzarán juntos mientras se encaminan, día a día, hacia metas que forman parte de la vida cotidiana, de su calidad y calidez, su hospitalidad, sus celebraciones y duelos, sus hallazgos estéticos y su potencial de innovación, su capacidad de comunicación, de reflexión, de solidaridad, de avance en el conocimiento, de reconocimiento de los otros, aceptación de la diversidad, diálogo con la memoria… El éxito es el proceso.
Transcurrieron los meses sin otras noticias sobre la candidatura, hasta que, a finales de enero de 2010, recibí una llamada telefónica de la Concejal-Delegada, Paz Prieto, quien me propuso – ¡sorpresa! – incorporarme de inmediato al Grupo de Trabajo (GT) asesor del equipo técnico del Área para la elaboración del proyecto CEC 2016. “¡Glups!, menudo compromiso: ¿seré capaz de aportar algo significativo?”, me dije. Pero acepté: pensé que me hacía un honor invitándome y que una oportunidad así, para formular ideas maduradas desde hacía años, no se presenta todos los días. Ya en la primerísima reunión a la que acudí para conocer a la Concejala y al coordinador del proyecto, Pedro Lacunza, planteé la cuestión que me parecía básica para articular un programa valioso: dar cauce a la participación, otorgar voz a los agentes culturales a fin de estimular su corresponsabilidad. Y se me dijo: “Se puede hacer”. Salí con la cabeza bombeando ideas: ya ven, me implico a fondo, con mis saberes y mis lagunas, mis emociones y mi trayectoria; tengo afición.
A mediados de febrero, propuse al GT asumir la orientación de la Agenda 21 de la Cultura – elaborada por la organización mundial Ciudades y Gobiernos Locales Unidos (CGLU), y aprobada en 2004: http://www.agenda21culture.net -, en lo relativo a la participación ciudadana en la concepción de políticas culturales: “El desarrollo cultural se apoya en la multiplicidad de los agentes sociales. Los principios de buen gobierno incluyen la transparencia informativa y la participación ciudadana en la concepción de las políticas culturales, en los procesos de toma de decisiones y en la evaluación de programas y proyectos.” Venciendo viejas inercias y asumiendo retos, la candidatura de Pamplona ha sabido canalizar esa participación, primero convocando a más de 400 agentes culturales al proceso desenvuelto a lo largo de los meses de marzo, abril y mayo de 2010; después, escuchando las opiniones de cada quien acerca de dicha convocatoria y sus objetivos; dando información y aportando documentación para explicar que la CEC 2016 se concede a un proyecto cultural de futuro, plural y sostenible, no a una ciudad que suene mucho o a otra con antiguos méritos; y celebrando un total de 10 reuniones a las que han asistido 120 representantes de la creación, la comunicación y la docencia locales (de cinco ámbitos: Literatura y Lectura; Patrimonio Inmaterial y Fiesta; Artes Escénicas; Arquitectura y Urbanismo; Artes Plásticas y Audiovisuales). Sobre todo, creando el clima necesario para que florezca el intercambio de ideas desde el máximo respeto a la diversidad, acogiendo, animando, aceptando la diferencia, buscando puntos de acuerdo.
Creo que esto es un logro en sí, no ya sólo para la candidatura sino para la ciudad, para las y los ciudadanos: encontrarse, escuchar, reconocerse en el discurso del otro y, también, diferir, matizar, sumar en suma. Y la mejor prueba de que esta es la estrategia adecuada la dan dos hechos: de un lado, las aportaciones formuladas por las personas participantes en el proceso, han podido integrarse en las líneas de acción y los bloques de contenido manejados por nuestro equipo, conformando un diagnóstico compartido de necesidades y alternativas de mejora; de otro, los propios componentes del GT (los más arriba nombrados junto con Alfredo Asiáin, Teresa Lasheras, Javier Manzanos, Luis Tena, Ana Zabalegui y un servidor) hemos intercambiado puntos de vista, experiencias y trayectorias bien diversas, configurando un lenguaje común para ofrecer a los participantes las bases de un proyecto coherente, de ciudad – así lo siento –, que es fruto del diálogo y la aceptación de nuestra propia pluralidad. Los que saben aprender, pueden enseñar; de nuevo, el éxito es el proceso.
Estos días, se está presentando el proyecto que concurrirá a primeros de julio a la convocatoria del Ministerio de Cultura y que, en septiembre, deberá ser defendido para pasar la primera ronda de selección antes de la decisión definitiva, a mediados de 2011. Ojalá que dispongamos de esos meses adicionales para profundizar y detallar el frondoso árbol de programas contemplados en él, pero, en todo caso, sobre la mesa del Ayuntamiento, su Corporación en pleno, las entidades culturales y los creadores locales quedan puestas una estrategia a largo plazo de diálogo cultural constructivo, y una invitación a la imaginación compartida, a la aceptación de la diversidad para configurar una ciudad que asuma su pluralidad, más abierta a las corrientes innovadoras del pensamiento europeo, capaz de aportar el conocimiento y la práctica de la interacción para la resolución de problemas de nuestras sociedades – como la sostenibilidad del modelo productivo o la convivencia intercultural de los diferentes por etnia, lengua o creencias -, encantada de disfrutar y crecer con la creatividad de los lenguajes estéticos contemporáneos, y alegre por difundir el espíritu lúdico y tolerante que caracteriza la inclinación local a festejar y celebrar. Y yo, yo contento por haber contribuido a ello.
Allá por el mes de mayo de 2009, el Área de Cultura del Ayuntamiento de Pamplona me convocó a un par de reuniones de las celebradas a modo de ronda de consultas en torno a la candidatura de la ciudad al título de Capital Europea de la Cultura 2016 (CEC 2016). Acudí y me encontré con personas conocidas, con artistas y técnicos culturales que aún no conocía, y con una iniciativa sobre la mesa que, a primera vista, me pareció de enorme envergadura para una “miniurbe” de 190.000 habitantes – que en “miniurbe” se queda aunque sumemos los 330.000 de la Comarca entera -, con notables desencuentros en su diversidad, cierta propensión al etnocentrismo localista y unos cuantos debates pendientes sobre la memoria o los relatos de identidad.
Allí fui por querencia personal y cercanía profesional, y escuché una pluralidad de voces que manifestaron libre y espontáneamente distintos pareceres sobre connotaciones, consecuencias y oportunidades asociadas a esa iniciativa municipal, unos favorables, otros sorprendidos y varios que introdujeron matices, variantes, condiciones o críticas. Por mi parte, apunté una idea que mantengo y que tenía que ver más con la metodología de elaboración de un proyecto de esa naturaleza que con sus contenidos: “El éxito es el proceso”. Es así: cuando una comunidad hace suya una apuesta de futuro que proyecta el imaginario de sus gentes y la acción de sus instituciones hacia un porvenir por configurar, el éxito no está tanto en lo que suceda dentro de unos años, cuanto en las oportunidades que las personas se vayan dando mutuamente para intercambiar miradas, ilusiones, expectativas, deseos; en el tono y la hondura de sus diálogos, en los valores compartidos que sean capaces de construir; en la empatía que activen y en los aprendizajes que alcanzarán juntos mientras se encaminan, día a día, hacia metas que forman parte de la vida cotidiana, de su calidad y calidez, su hospitalidad, sus celebraciones y duelos, sus hallazgos estéticos y su potencial de innovación, su capacidad de comunicación, de reflexión, de solidaridad, de avance en el conocimiento, de reconocimiento de los otros, aceptación de la diversidad, diálogo con la memoria… El éxito es el proceso.
Transcurrieron los meses sin otras noticias sobre la candidatura, hasta que, a finales de enero de 2010, recibí una llamada telefónica de la Concejal-Delegada, Paz Prieto, quien me propuso – ¡sorpresa! – incorporarme de inmediato al Grupo de Trabajo (GT) asesor del equipo técnico del Área para la elaboración del proyecto CEC 2016. “¡Glups!, menudo compromiso: ¿seré capaz de aportar algo significativo?”, me dije. Pero acepté: pensé que me hacía un honor invitándome y que una oportunidad así, para formular ideas maduradas desde hacía años, no se presenta todos los días. Ya en la primerísima reunión a la que acudí para conocer a la Concejala y al coordinador del proyecto, Pedro Lacunza, planteé la cuestión que me parecía básica para articular un programa valioso: dar cauce a la participación, otorgar voz a los agentes culturales a fin de estimular su corresponsabilidad. Y se me dijo: “Se puede hacer”. Salí con la cabeza bombeando ideas: ya ven, me implico a fondo, con mis saberes y mis lagunas, mis emociones y mi trayectoria; tengo afición.
A mediados de febrero, propuse al GT asumir la orientación de la Agenda 21 de la Cultura – elaborada por la organización mundial Ciudades y Gobiernos Locales Unidos (CGLU), y aprobada en 2004: http://www.agenda21culture.net -, en lo relativo a la participación ciudadana en la concepción de políticas culturales: “El desarrollo cultural se apoya en la multiplicidad de los agentes sociales. Los principios de buen gobierno incluyen la transparencia informativa y la participación ciudadana en la concepción de las políticas culturales, en los procesos de toma de decisiones y en la evaluación de programas y proyectos.” Venciendo viejas inercias y asumiendo retos, la candidatura de Pamplona ha sabido canalizar esa participación, primero convocando a más de 400 agentes culturales al proceso desenvuelto a lo largo de los meses de marzo, abril y mayo de 2010; después, escuchando las opiniones de cada quien acerca de dicha convocatoria y sus objetivos; dando información y aportando documentación para explicar que la CEC 2016 se concede a un proyecto cultural de futuro, plural y sostenible, no a una ciudad que suene mucho o a otra con antiguos méritos; y celebrando un total de 10 reuniones a las que han asistido 120 representantes de la creación, la comunicación y la docencia locales (de cinco ámbitos: Literatura y Lectura; Patrimonio Inmaterial y Fiesta; Artes Escénicas; Arquitectura y Urbanismo; Artes Plásticas y Audiovisuales). Sobre todo, creando el clima necesario para que florezca el intercambio de ideas desde el máximo respeto a la diversidad, acogiendo, animando, aceptando la diferencia, buscando puntos de acuerdo.
Creo que esto es un logro en sí, no ya sólo para la candidatura sino para la ciudad, para las y los ciudadanos: encontrarse, escuchar, reconocerse en el discurso del otro y, también, diferir, matizar, sumar en suma. Y la mejor prueba de que esta es la estrategia adecuada la dan dos hechos: de un lado, las aportaciones formuladas por las personas participantes en el proceso, han podido integrarse en las líneas de acción y los bloques de contenido manejados por nuestro equipo, conformando un diagnóstico compartido de necesidades y alternativas de mejora; de otro, los propios componentes del GT (los más arriba nombrados junto con Alfredo Asiáin, Teresa Lasheras, Javier Manzanos, Luis Tena, Ana Zabalegui y un servidor) hemos intercambiado puntos de vista, experiencias y trayectorias bien diversas, configurando un lenguaje común para ofrecer a los participantes las bases de un proyecto coherente, de ciudad – así lo siento –, que es fruto del diálogo y la aceptación de nuestra propia pluralidad. Los que saben aprender, pueden enseñar; de nuevo, el éxito es el proceso.
Estos días, se está presentando el proyecto que concurrirá a primeros de julio a la convocatoria del Ministerio de Cultura y que, en septiembre, deberá ser defendido para pasar la primera ronda de selección antes de la decisión definitiva, a mediados de 2011. Ojalá que dispongamos de esos meses adicionales para profundizar y detallar el frondoso árbol de programas contemplados en él, pero, en todo caso, sobre la mesa del Ayuntamiento, su Corporación en pleno, las entidades culturales y los creadores locales quedan puestas una estrategia a largo plazo de diálogo cultural constructivo, y una invitación a la imaginación compartida, a la aceptación de la diversidad para configurar una ciudad que asuma su pluralidad, más abierta a las corrientes innovadoras del pensamiento europeo, capaz de aportar el conocimiento y la práctica de la interacción para la resolución de problemas de nuestras sociedades – como la sostenibilidad del modelo productivo o la convivencia intercultural de los diferentes por etnia, lengua o creencias -, encantada de disfrutar y crecer con la creatividad de los lenguajes estéticos contemporáneos, y alegre por difundir el espíritu lúdico y tolerante que caracteriza la inclinación local a festejar y celebrar. Y yo, yo contento por haber contribuido a ello.”