El pasado 15 de agosto falleció en Pamplona el escritor navarro nacido en Viana en 1927 y afincado en la capital navarra, en la Plaza de San Francisco, desde 1988. Varios escritores y personalidades del mundo de la cultura han publicado estos días, en periódicos y blogs, rigurosos y sentidos obituarios en los que glosan la personalidad singular de Pablo Antoñana, la valía y significación de su producción literaria en el panorama de las letras navarras y españolas. No pretendo, pues, insistir en lo ya dicho, sino aportar algunos datos sueltos e impresiones extraídos de mi relación con Pablo Antoñana durante veinte años.
Como muchos lectores, mi primer acercamiento a la obra de Antoñana se concretó en las columnas dominicales Las tierras y los hombres, aparecidas entre 1962 y 1977 en Diario de Navarra. Desde aquellas lejanas fechas he paladeado con admiración y aun fervor su producción literaria hasta los últimos títulos: Escrito en silencio (2008) y Aquellos tiempos (2008).
En 1987, Miguel Sánchez-Ostiz, director de la revista Pasajes, me invitó a colaborar en el número 7 con un artículo sobre la obra de Pablo Antoñana, que titulé Pablo Antoñana, perro solitario de la narrativa española. Cuantas veces hablé con Pablo me sacó a relucir, con gratitud, aquel dichoso estudio y, al mismo tiempo, me manifestó su asombro y desasosiego ante mis juicios críticos. El escritor prestigioso, aunque falto del debido reconocimiento, no acababa de creerse que su obra literaria poseyera algún valor artístico especial. En carta sin fecha, pero escrita al poco de publicarse el estudio de marras, Pablo afirmaba: “Querido amigo: Me ha dejado perplejo y confuso tu escrito sobre mi obra. Yo soy un muerto insepulto, que, ya agonizando, no recibió siquiera un puñadito de aire con un pai-pai. Residiendo desde siempre en el destierro, padeciendo el oprobio de un oficio desprestigiado y ruin, sometido a la calumnia y al desdén, cuando ya casi tenía olvidado que en algún tiempo había escrito el Secretario de El Busto (140 almas, cuerpos, máscaras, espectros) algo que sirviera, me vienes tú y me dices, con un rigor científico encomiable, lo que me dices. Créeme, me ha causado una gran tristeza”.
Después de describir con cierto detalle las labores de secretario municipal, se quejaba de que “con una burocracia casi medieval, haciendo las cuentas a mano, sin máquina de escribir, tuve tiempo de hacer lo que hice, ahora con el ordenador y el monstruo de la burocracia moderna sólo hago, para mi desazón, rellenar papeles como un rutinario chupatintas (…). A veces pienso que únicamente la muerte podrá liberarme de tanta vergüenza”. En una posdata manuscrita añadía: “Algún día, quizá hablemos, pero cada vez me resisto más a salir de este confinamiento. Hasta he perdido la mala uva que tuve y el poquito de fe que tuve en el hombre. Me da rabia que la realidad y mi alrededor no desmienta mi pesimismo. Ojalá lo hiciese”.
Conocí en persona a Pablo con motivo de su participación en el programa Acercamiento de la literatura navarra a los escolares, que, coordinado por Emilio Echavarren y por mí, se puso en marcha en 1990 con el objetivo de que los escritores pudieran compartir en las aulas sus inquietudes con alumnos de EGB, Formación Profesional y Bachillerato. Para celebrar uno de aquellos encuentros, Pablo se trasladó al instituto de bachillerato de Estella ese mismo año. Todavía lo veo titubeante y tembloroso antes de saltar al ruedo escolar. Su inquietud procedía del miedo a que la charla fuese interrumpida y suspendida por la policía secreta, que, al parecer, seguía los pasos del disidente insobornable; y, sobre todo, del temor a que sus palabras le sonasen a estrafalarias e incomprensibles a la nutrida muchachada por proceder de un viejo escritor campesino, vestido además a la antigua usanza, boina incluida. El acto transcurrió con normalidad, en completo silencio, algo inesperado para los profesores organizadores del encuentro. Pablo habló, como siempre, con el corazón. La consecuencia fue que, nada más abrir la boca, se metió en el bolsillo a aquel puñado de estudiantes a los que consideraba, con razón, sus paisanos. Los aplausos que le dedicaron lo conmovieron hasta las cachas.
En 1992, trabajando en la Dirección General de Cultura-Institución Príncipe de Viana del Gobierno de Navarra como director del servicio de Acción Cultural, le pedí a Pablo que me entregara obra suya para un volumen de la Colección Literaria Navarra, que hasta entonces se había nutrido sólo de autores desaparecidos. Mantuvimos varias conversaciones en mi despacho de la Cámara de Comptos, sede de la Institución, limítrofe con su casa familiar en la Plaza de San Francisco. Antoñana declinó una y otra vez la invitación alegando que no disponía de obra suficiente en ese momento, obra en la que, por otra parte, seguía depositando muy poca fe. Elvira Sainz le insistió a su marido casi hasta el agobio para que aceptara publicar en la citada colección y a mí me aconsejó que no me desanimara. Por fin, se avino a entregar un puñado de cuentos inéditos y la novela corta, también inédita, El capitán Cassou, que había obtenido el premio Acento en 1959. La recopilación, con el título de La vieja dama y otros desvaríos, apareció en 1993 con un estudio introductorio excelente firmado por José Luis Martín Nogales. La tirada fue de 1.500 ejemplares, con un coste de 680.000 pesetas y un precio de venta al público de 700 pesetas. Por reiteradas declaraciones personales del autor y por testimonios de varios conocidos suyos sé que Antoñana se sentía especialmente orgulloso de este libro.
En el acto de presentación, celebrado ante los medios en la librería del Gobierno de Navarra, emplazada en la avenida de Navas de Tolosa, el autor leyó un texto delicioso, que guardo como oro en paño. Con ocasión del bautizo del libro, trazó una viva estampa de la ceremonia del bautizo en su Viana natal. Añadió, cómo no, otra serie de consideraciones, por ejemplo sobre la vejez: “Bien, sigo divagando, ‘arrenuncio’ en este acto, y en nombre de este mi último hijo de viejo, antes de preguntarme qué es la vejez y contestarme, estornudar, toser y preguntar qué hora es, a las vanidades de este desesperado oficio de escribir”. Confesó, asimismo, sus temores a que permanecieran inéditas o se publicaran póstumamente varias obras suyas y en particular La cuerda rota (Pamiela la editaría en 1996). Aún aportó nuevas pinceladas a su autorretrato: “Sí quiero decir hoy ante todos ustedes vosotros que me siento viejo y desencantado en este pequeñísimo país de la jota, folclore y capea, que es mío, sí, y al cuál no renuncio ‘arrenuncio’, ni lo abandono. Aquí sigo solitario pero invocando un antiguo refrán: pobreza y orgullo todo una pieza”.
Los futuros estudiosos de la obra de Antoñana pueden encontrar en el texto de puesta de largo de La vieja dama una observación de mucho interés para analizar la trayectoria de su autor: “Mi viejo pesimismo, apuntado en El capitán Cassou, eje maestro de mi escritura, sigue en pie, soportando la inclemencia y la soledad. En ese librito primerizo (El capitán), hijo de la rabia, está inserto el germen y el fruto postrero (Cartas guineanas) de mi desazón”.
En 1996, el Gobierno de Navarra, a propuesta del Consejo Navarro de Cultura, le concedió a Antoñana el Premio Príncipe de Viana de la Cultura. Por ser a la sazón director de la Institución Príncipe de Viana, tuve oportunidad de hablar con él en varias ocasiones para preparar la ceremonia de entrega del galardón en el monasterio de Leire. Le preocupaba mucho ser respetuoso con el Príncipe Felipe y, al mismo tiempo, ser fiel a sus convicciones más íntimas incluso en el atuendo. Tras no pocas dudas, decidió vestirse con un elegante traje negro, camisa blanca con pajarita y, por supuesto, la inseparable txapela. Aún recuerdo el encandilamiento de don Felipe con aquel hombre maduro que le mostraba orgullosísimo a una de sus nietas, sin duda uno de los principales estímulos en la última vuelta de su camino vital. Al acabar el acto, me preguntó con insistencia, inseguro, si todo había ido bien: los saludos al Príncipe y su alocución, cuyas palabras de reconocimiento a su tierra y a sus gentes tuvieron la virtud de iluminar un poco más su obra literaria y de poner en un puño los corazones de los asistentes.
En 2001 Antoñana publicó Último viaje y otras fábulas en la editorial Ttáttalo de San Sebastián. Reseñé el libro en el número de octubre de ese año de la revista, ya desaparecida, Navarra en marcha, dirigida por Ignacio del Burgo Azpíroz. El veterano autor me llamó a casa para agradecer mi trabajo y discursear largo y tendido acerca de nuestra tierra y de las enconadas banderías del presente y del pasado, principal savia nutricia de sus relatos. Acabó la conversación telefónica con una expresiva frase: “Qué buen comentario has hecho de mi libro, pero te has equivocado de gallinero al poner el huevo”. Por lo visto, el apellido del Burgo despertaba en él sensaciones non sanctas.
En 2006, en el cincuentenario de la muerte de Pío Baroja, a quien Antoña siempre admiró muchísimo y con el que guardó ciertas similitudes, la Universidad Pública de Navarra organizó un programa de actividades culturales en el que figuraba la publicación de un libro-homenaje dedicado al escritor. La dirección y coordinación del volumen me fueron encargadas por el vicerrector Julián Garrido y la directora del servicio de Actividades Culturales, Ana Isabel Aliende. Pablo Antoñana se prestó gustoso, sin ninguna clase de condiciones, a colaborar en el volumen colectivo al lado de otros 25 escritores navarros de distintas generaciones. Su aportación, Algo sobre Baroja: La geografía de ‘El Mayorazgo de Labraz’, es un dechado de lucidez crítica, amor a su tierra natal -en cuya geografía parece haberse inspirado el ‘hombre malo’ de Itzea al componer la novela-, a la literatura y a sus gentes. Aunque mermado de fuerzas, aceptó incluso participar en un ciclo de conferencias sobre Baroja. Una vez más, dejó constancia de su calidad humana y literaria. Nunca terminé de agradecerle lo suficiente que vinculara su nombre a la Universidad Pública de Navarra, tan necesitada de contribuciones humanísticas de hondo calado.
El último correo electrónico de Pablo, fechado el 8 de diciembre de 2008, tiene que ver con el estilo predominante en los medios de comunicación, impregnado, en su opinión, de abundantísimos y detestables “spaninglis”. En vísperas de una operación quirúrgica, el escritor reivindicaba, una vez más, una prosa limpia, transparente y sugerente.
He aquí algunos capítulos sueltos de mi relación con Pablo Antoñana, dictados por la caprichosa y selectiva memoria. Tras su muerte, nos lega el ejemplo de su decencia intelectual y moral y la lección de un escritor excepcional. Después de todo, nos consuela saber que nos queda su obra y el sentimiento de gratitud hacia la persona que nos hizo ser felices en su presencia y sentirnos encandilados en las páginas de sus libros.
Tomás Yerro, 19. VIII.09